SUEÑOS

Desde que nacemos hasta que morimos, siempre nuestros sueños los queremos compartir con nuestros semejantes, y deseamos que los de las futuras generaciones sean mejores. Así son los de "La leyenda del Dorado".

domingo, noviembre 25, 2007

LA LEYENDA DEL DORADO

Así como existen otras tantas historias, hay una en la que un hombre debido a una extraña enfermedad no podía tener sueños. Sus coetáneos acudieron en su ayuda, pues si los perros, y los gatos, aullaban y ronroneaban, igual que otras especies animales, por qué éste, no? Cuándo ud. no ha visto un perro, soñando? O si no, entonces en qué quedaron los experimentos de Pavlot? Podemos deducir que los animales también sueñan. Se decidió entonces que tenía que prestarse una mayor atención para que los sueños afloraran como el de todos los humanos en donde la imaginación y la realidad se confundieran mientras la vida a través del tiempo nos infundía nuevas experiencias que se traducirían en expectativas, que a la larga eran otros sueños de un mejor bienestar. Hay sueños de sueños. Decidieron contarle cómo en las cuevas de Altamira se encontraron unas pinturas rupestres de nuestros antecesores primigenios, que daban vida a la realidad que éstos tenían. Hombres que estaban expuestos a la lucha por la sobrevivencia de la especie. Y que para poderla conseguir se habían reunido en esas cuevas, y habían acudido a sus imaginaciones para que sus sueños se hicieran realidad. Habían orado a su manera, y se habían ido a su faena. A la caza. Primero la habían soñado, dibujando los animales maestramente en esas cavernas, y después habían conseguido lo que soñaban. El hombre comenzaba a entender algo sobre los sueños. Los antiguos que estuvieron indefensos ante las leyes de la naturaleza, para conseguirse el sustento tuvieron que abordar primero a sus dioses para que la caza del bisonte se hiciera realidad. Después supo que en esas mismas tierras, miles de centurias después, el Cid campeador había terminado por expulsar a los Moros cabalgando muerto, y que gracias a esa victoria un nuevo sueño para el hombre se haría realidad. Un nuevo mundo. Especies de animales y vegetales asombrarían a aquellos hombres, con los que nunca habían soñado. Pero una pesadilla vendría con esos sueños. Con los Moros también se habían ido los judíos y con ellos todo lo que pudo haber sido prosperidad. El oro que representaba para la mayoría que iba en pos de esas nuevas tierras, representaría el atraso para los Españoles mientras los Ingleses con la revolución industrial serían los dueños del mundo, y con ellos nuevos sueños, ideas de libertad que como nunca antes se habían visto presagiarían que todo cambiaría para siempre. Entonces aquel hombre comenzó a soñar. Según Germán Arciniegas en El hombre del Dorado, la leyenda del Dorado sería el estímulo para que el sueño del manco de Lepanto escribiera El Quijote. Un sueño muy diferente a lo que buscaban los que querían fama y fortuna en esas tierras recientes. Era un sueño de ideales representado en ese personaje que todavía sigue luchando contra las aspas de los molinos de viento. El había querido venir a estas tierras, pero como no pudo, sólo se conformó con escuchar y leer las aventuras de los conquistadores, y entre ellos las de Gonzalo Jiménez de Quezada. Un sueño que se inmortalizaría. El hombre por fín hacía lo que sus contemporáneos querían: Soñaba.
Y al soñar, generaría pesadillas iguales a las de los judíos. Entendió cómo tras esas nuevas tierras que producían ensoñaciones, la avaricia por las riquezas materiales generaría conflictos. En medio de todos esos sueños otros idiomas con costumbres diferentes a la de Cervantes, con una religión más pragmática harían que la conquista del oeste atrajera multitudes que vislumbraban sueños de libertades. El sueño de la leyenda del Dorado había desencadenado nuevas maneras de pensar. Vislumbró aquel hombre que a su sombra vendrían nuevas pesadillas. No todo lo que fulgía era oro ni progreso porque las guerras continuarían a pesar de esos sueños fabulosos. Se imaginó entonces un país imaginario construido sobre un puente en el río más caudaloso del mundo, y en el que cabían las respuestas a las inquietudes que ningún ser humano había podido realizar. En las faldas de de aquella mujer que representaban la estatua de la libertad se imaginó que los ejércitos modernos se extraviarían, y a cambio de muertes flores misteriosas se irían posesionando en los raudos corazones agitados , qué con tan sólo olerlas expelerían la paz y la felicidad que buscaban. Todos querían conseguir esos sueños. Y sin embargo las pesadillas continuarían, y los mismos hombres que habían querido que soñara éste, ahora habían decidido que no tenía ningún derecho a éso. La igualdad con la que soñaba, no era la misma de ellos. La libertad era una simple falacia. Estaba encadenada. Supo de verdades que estaban ocultas. La codicia y la avaricia eran los dueños en esos mundos adonde el más indecente prosperaba. Esos sueños que aunque sueños eran quimeras que desbordaban la inquietud por la busqueda de nuevas satisfacciones.Desde esa época el hombre continuó soñando. La leyenda del Dorado se iría haciendo realidad. Las contradicciones seguirían.

lunes, octubre 15, 2007

CRONICAS CAMPESINAS

RELATO CAMPESINO
Si compadrito, así como lo oye. En aquellos tiempos el hambre nos hacía retorcer las tripas, y en las noches sin luna nuestros taitas bajaban del cerro a conseguirnos la comedera. También en las noches no podíamos hacer hogueras, porque sino esos pájaros grandes de metal, disparaban fuego por los costados, aunque lo malo de todo era mordernos la lengua y no gritar, así la muerte nos cubriera pa´siempre con su manto negro. Los aullidos de los perros nos informaban de los desconocidos que merodeaban en el monte. Así crecí y dí mis primeras pisadas en la vida. Unas veces escondido entre los matorrales, y otras en la finquita medio abandonada rodeado de los taitas y las hermanas, también de las gallinas, los marranos, y un caballo viejo que nos había regalado el antiguo dueño de todas esas tierras. Cuando podía iba por las mañanas a la quebrada que ahoga el canto de los gallos y el silbido de las aves por el tronar del río a donde desemboca, a sacar el agua con la totuma de un hueco ollado en el arenal; pa´largarla en una mucura y subirla loma arriba en la cabeza, pa´que mi mamá y mis hermanas prepararan la tragadera. Bien desayunado, en los tiempos que hubo tranquilidad, agarraba el cuaderno con los lápices, y echaba compadre mucha quimba, hasta llegar a la escuela de paredes de barro arrellenado sobre guaduas que formaban un salón espacioso lleno de pupitres.
Ahh...,compadrito Pancracio, eramos como sesenta estudiantes. Ya ni me acuerdo. Ahí estábamos los culicagados desde el primero al quinto grado reunidos con la maestra que les cogía las manos a los más guipas para enseñarles a delinear los marañacos de las letras sobre el papel, mientras alguno de los pequeños lloraba por que no podía ir a mear al matorral, o recochabamos en el patio descuajado de maleza, rodeado de la espesura de la montaña bajita que kilometros a´lante se convierte en cordillera.
En los recreos jugábamos quitándole los culillos a las hormigas pa´zampárselos en las espaldas de los compañeros descuidados, y ud. viera compadre los berridos que pegaban; entonces venía la maestra repartiendo fuetazos a diestra y siniestra con una vara de rosa que nos había echo cortar y podar desde el comienzo del año. De regreso a casa peleábamos porque la Bertilda besó a uno de los muchachos, y a nosotros no, o por cualquier otra pendejada. Pero como en mí casa no quedaba tiempo porque iba frecuentemente con el taita a ayudarle a cortar el pasto y a cultivar el maiz, al poco tiempo me fuide todo patisucio a otra región a donde un día conseguí mujer.
Pasaron algunos años y yo ya tenía un patrón dueño de las haciendas de aquella comarca, quien me dió un pedazo de tierra y un rancho pa´vivir con la familia compuesta de tres goambitos bautizados con el nombre del santo del día en que los alumbró la cigueña, mi mujer, yo, y los animales que logramos reunir con los pocos centavos ahorrados en el transcurso de una vida de esfuerzos. Ya no utilizábamos las espermas, sino las lámparas de petromás que comprábamos en el pueblo más cercano.
En esa época la mujer me celaba con la hembra del compa Aniceto, pues además de ser muy bonita, en las fiestas patronales, ella era casi siempre mi pareja en los bailes, lo que hacía que el compadrito estirara la jeta pa´saludarme, y ésta me armara unos escándalos delante de los goambitos o de los amigos, ya fuera mientras me alisaba los calzones con la plancha de carbón, ya en las horas de las comidas, y aún ahora que no tengo amores con ninguna mujer. Pero qué le vamos a hacer: Lo pasado pasado, y no vaya a pensar que yo le arrastro las naguas a todas las mujeres de los compadres.
En cuanto al dinero, los bolsillos de mis pantalones siempre permanecieron vacíos, dando apenas lo necesario pa´vivir y bailar a pata limpia en las fiestas que le digo, pues mire ud. que yo aprendí a usar los zapatos aquí en la ciudad.
De los sutes, le cuento que la primera, Martina de San Silverio, rindió cuentas a mi diosito muy temprano. El segundo, el caite José Onésimo, después. Espere le explico compadre. La violencia seguía en pleno furor, y los campesinos no sabíamos porqué los del gobierno o los chusmeros mataban a la gente mientras fuimos obligados a abandonar los cultivos; y fíjese que comenzamos a sentir hambre, mucha hambre, tanta, que las tripas las arrojábamos sequitas de lo mucho que aguantábamos.
Por eso, yo que he sido aguerista y creyente, buscaba por todos los medios la manera de sostener la familia acudiendo a la imaginación que de vez en cuando me engañaba en las noches cuando me parecía ver unas candelitas que brillaban; y muy sigiloso iba hasta el sitio en que creí verlas, y lo marcaba con una estaca o con cualquier otra cosa que pudiera. Al otro día muy de madrugada nos ibamos con el caite José a echar pica y pala al lugar que le digo. Por qué dirá vusted o usted, como se dice ahora. Sucede que los antiguos, nuestros padres, tatarabuelos y demás dinastías, enterraban el oro que tenían en ollas de barro, para esconderlo de los ladrones. Mucho de ese oro, todavía debe de andar por ahí. Después de la muerte de ellos el ánima quedaba penando, esperando a que algún afortunado viera arder en las noches las candelitas titilantes. Entonces uno cavaba pa´que el difunto descansara, y el cristiano disfrutara. El caite José me acompañó en muchas excavaciones, pero la suerte estaba de espaldas pa´nosotros. Nunca conseguimos nada.
Ya los bolsillos estaban más pela´os que niño Dios recién nacido. Los patrones de la región se habían decidido por el cultivo del algodón ya que la máquina comenzaba a entrar por la puerta grande de la vereda. Así arrasaron con las plataneras, los guayabales, y todo el sostén de la comida de nosostros los i´norantes, pa´convertirnos en asalariados mal remunerados pues la plata no alcanzaba ni pa´comprar la comida que llegaba en los días de mercado al pueblo más cercano.
El hambre fué bestial. La goambita, la mayor, yo qué sé, se le dió por comer tierra, y murió toda panjilucha sin poderle quitar el vicio. A yo, cada que me acuerdo me duele el alma como si hubiera sido ayer.
El veneno que controlaba la plaga del algodón diezmó a las aves y a los animales salvajes del campo, envenenó el agua de los ríos y obligó a que los pescados se salieran del cauce y murieran hinchados en las orillas. Por estos motivos hubo muchos niños muertos. Entre ellos mi caite José, mi goambito. A yo me entraron las ganas de buscar otra región, pero como teníamos el rancho trabajaba de sol a sol recogiendo el algodón en el día y madrugando a pescar lo único gueno que se conseguía en la represa recién construida al otro lado del cerro, pa´sí redondear la jartadera que día a día escaseaba.
Imagínese compadre, en aquel entonces el diablo hacía de las suyas en la vereda, porque el condenado se aparecía en el momento menos pensado y arañaba a los campesinos, o perdía a las mujeres con los amigos de los maridos atisbando en las mismitas narices de uno.
En los días que le cuento, después de tomarme unos aguardientes pa´desperezarme, fuíde pesca a la represa que le digo. Allá tenía el padrino del goambito menor, un bote de lata con moter potente a bordo, que usaba pa´pasar la gente al otro lado del charco, ya fuera con comida o con peones que trabajaban po´allá. Así es que el compadre me prestaba el bote y bien adentro de la laguna caían al anzuelo bocachicos, nicuros, patalós, y no le digo más porque se saborea la boca. En la madrugada de aquel día cuando dirigía la canoa de regreso, ví en la oscuridad a un tipo que parecía el mismo diablo del que hablaban, o viruñas como lo llamo, andando como cualquier alpargantón en el monte. A yo se me erizaron los pelos del susto, compadre. Enseguida le senté la mano al motor y embestí contra e bulto que iba sobre el agua. Lo cierto del caso el tal tipo no era el diablo sino un cristiano que pescaba como yo al amanecer y que apareció muerto flotando en medio de los maderos.
Los peones que esperaban con el compadre la llegada mía, escucharon el relato y fueron los testigos que achacaron el muerto a la cuenta del fulano que le habla, siendo detenido y condenado a varios años de cárcel.
Mientras pagaba los platos rotos, la mujer trabajaba en la hacienda del compadre dueño del bote, pa´mantener al menor de los goambitos. Aunque fueron varios años en esa situación qué más castigo que el de la conc´encia pues la i´norancia nos hace cometer bestialidades. Si o no, compadre?
A mi salida estábamos pior. El miedo estaba regado por la comarca visitando parcela tras parcela destruyendo como langosta todo lo que encontrara a su paso. Pa´colmo de los males, los familiares del difunto querían vengarlo. El compadrito que siempre me ayudó, nos regaló unos pesos, y con eso nos vinimos a Bogotá pagando escondederos a como diera lugar. La finquita y todo lo que habíamos adquirido po´allá quedaron como si nunca los hubieramos tenido.
Ateridos de frío conseguimos una pieza en un hotel de mala muerte, que por las noches recibía a hombres infieles con mujeres ruidosas que se alojaban en los cuartos vecinos y no nos dejaban dormir, mientras nosotros rece que te rece. Fíjese compadre que la violencia nos obligó a civilizarnos. Y yo que medio leo y escribo, que nunca conseguí cédula ni papeles me vide obligado a buscar empleo y a jalarle a lo que fuera.
Como mi Dios no desampara a ningún buen cristiano pronto nos hicimos amigos de la dueña del hotel. Una señora gorda, ya entrada en años. Ella le propuso a mi mujer que barriera y limpiara los cuartos todos los días, que con éso ganaría el almuerzo y el alquiler diario de la habitación. Ahí estuvimos varios meses, mientras hice por contrato varias zanjas requetehondas que me sirvieron para aprender un nuevo oficio.
Así fue como comencé una nueva vida, compadre Pancracio. Naides sabe cómo está escrita la vida de uno en la tierra. Por mi parte estaba amañado en el hotel de la gorda de marras, razón pa´no buscar el sitio apropiado a donde meter la cabeza. Así fueron pasando los días hasta aquel en que la gordita comenzó con su lengua a afilar a mi mujer, que ella entre risas y risas medio le entendía. " Que mujer, una tiene que buscar un marido que responda por la casa, gane dinero, y la tenga a una bien. " Ella se comprometía a conseguirle un buen empleo que nos ayudaría a salir adelante con el otro sute que teníamos. Verdá que los cqampesinos olemos algo contra uno, y enceguida reventamos. Así siguió la cosa.
Un buen día apareció el tal tipo que según la gorda le ayudaría a conseguir a mi mujer un buen empleo, y que con risitas acaremeladitas, y pintándole pajaritos de oro con toda la zalamería a que estamos acostumbrados en las ciudades, se fué tomando la mano por el pie. El escándalo fue verraco. Mi mujer que es tatacoa y no se deja de naides le zampó un golpazo al mal nacido aprovechador de mujeres. Resulta compadre... el tal tipo tenía un buen negocio. Vivía levantando hembras recién desempacadas del campo, pa´llevarlas a trabajar en vagabunderías, y echarlas después que las hubiera exprimido. Pa´nosotros fue el inicio interminable de la vida en la ciudad ocupando cuartos llenos de inmundicias en los difirentes inquilinatos por donde estuvimos.
Todavía recuerdo compadre la vez que conocí un inodoro. El primer día de nuestra llegada a Bogotá. Habíamos ido con un amigo más entrenado que nosotros a visitar unos paisanos. A yo me dió un mal de estómago en plena visita. Menos mal que la dueña de la casa me entendió y me señaló el baño. Qué horror. Me dá pena decirlo compadre. Confundí la toalla de secar las manos con lo que hoy llamamos papel higiénico. El amigo que intuyó que algo había pasado me sonsacó de la casa y me explicó el por menor del caso. Eramos pero muy, pero muy, i´norantes.Uno qué iba a saber que aquí se usaba papel higiénico y todas esas pendejadas que ahora llamamos civilización.
Eran otros tiempos, compadre.

sábado, octubre 13, 2007

CRONICAS CAMPESINAS

EL GALLINAZO (autor anónimo)
El gallinazo antes de comer mortecinos y diluirlos en los ácidos de su buche, en fín de tener el pico curvo y puntiagudo, tenía un lindo plumaje en la cabeza, y olía al perfume suave de la naturaleza; hasta que en una ocasión estando con hambre encontró a un burro que parecía muerto.
Dió el primer picotazo justo en medio de los muslos traseros, e hizo que despertara el animal y le apretara fuertemente la cabeza casi hasta axfisiarlo y obligarlo a que la sacara desplumada.
Por eso es calvo, y pica primero en los ojos de los animales que encuentra muertos para asegurarse que en verdad lo están.

jueves, octubre 11, 2007

EL LABERINTO

No sé si uds. se recuerdan de la historia del minotauro en la cultura Griega . Yo suelo confundirme pues muchos suponen que debería estar en el infierno. Son confusiones. En el averno habita Metistófeles, y en el cielo estamos como en el cuento del escritor antioqueño Tomás Carrasquilla : A la diestra de Dios padre. En el laberinto el hombre anda por pasillos y pasillos inexcruptables con ninguna posibilidad de escaparse del mito griego como si por alguna culpa de amor o de pasiones bajas se estuviera condenado a morir bajo la férula del hombre toro. Y en el averno tal y como lo hace Dante Alighuieri en la Dívina Comedia , están condenados los que él quiso que estuvieran allí.Tal vez deberían estarlo. Pero así también a otros, como el caso mío, se les antojó que debería irme para el infierno Así fué como durante años resulté en el averno sin decisión mía sino por cuenta de éstos. Claro que para los que no lo entiendan fuí yo el que me metí en ese laberinto que confundo muchas veces con el del minotauro o el del averno a donde los malos cristianos irremediablemente terminan por purgar sus felonías. Claro que con el arrepentimiento, muchos, por no decir que todos, terminan en el cielo. Eleven sus mirada hacia éste y allá los verán. No recuerdo desde cuándo, pero lo único cierto, es que resulté en el malhadado infierno, y como si hubiera cometido una canallada durante años y años estuve en medio de sopores misteriosos, abstraido de la realidad mientras los aúlicos que habían ayudado a semejante tortura siniestra hubieran querido que el angel de la muerte me llevara para siempre. Siempre justificamos las cosas. Y no es que yo me crea un santo. Como todo mortal, nos empecinamos muchas veces en creer que nosotros somos los culpables y es ahí cuando los que sí deberían de estarlo, justifican. Retozan en el Edén. Son las farsas a que todos estamos acostumbrados. Se colocan sus caretas y esconden sus envidias, sus rabias, sus iras disimuladas, sus ambiciones y como comparsas aullán a los cuatro vientos que el malhadado está condenado a vivir en la ignominia. Bostezan y se les sale las ambiciones. Mientras estuve en ese infierno, salieron como brujos y todos trataron porque quedara en ese exabrupto para siempre. Sus vocecitas disimuladas y sus confabulaciones fueron muy parecidas a las del Dante. Y ahora que respiro un poco el aire que todos respiramos, todavía los veo, pensando, pensando. En el laberinto todo es irreal, y el cual más se aprovecha de lo que sea con tal de satisfacer sus apetitos. Es un estado mental, en el que si nos descuidamos nos morimos sin darnos cuenta el porqué. Tal vez pareciera que cometieramos canalladas, pero no. Sólo, los infernales lo saben. Son los demonios. Son los que instigan y justifican para saborear la ignominia, y no saben ni entienden que como mortales estan condenados a vivir su propio infierno. Pues vivirán de odios y de rencores. No serán felices. Así es como el sudor en el laberinto que puede ser en las profundidades de la tierra o del mar, nos hará creer que somos felices satisfaciendo nuestros apetitos irracionales. Los mortales igual que los dioses de los griegos, creemos que todo lo tenemos, cuando en realidad somos pasajeros en este mundo. Tengan cuidado con no dejarse enredar en los laberintos. Son peligrosos. Sus sombras son de pasiones y de vanalidades. No se dejen confundir porqué los parafernales estarán a la expectativa. Son como los fariseos. Viven de pasiones vanas.No les importa enredar con sus lenguitas a cualquiera. Son nefandos y mortales.

domingo, septiembre 30, 2007

LOS MENSAJEROS DE LOS DIOSES

Zoratama veía en el riachuelo el reflejo de su cuerpo esbelto, de senos erguidos y pubis firme, con la piel tersa y marrona acariciada por el agua fría que la inducía al respirar profundo. Presentía la llegada de los mensajeros de los dioses que botaban rayos y centellas, escupían fuego por las bocas cubiertas de espesas barbas, y andaban sobre cuatro patas con cabezas de animales desconocidos por los senderos abruptos de la espesura de la selva.
Sabía de ellos, gracias a los guardianes del Zipa, su amo y señor, futuro esposo y compañero, dueño de la vida de sus súbditos; quien además presagiaba el castigo de Bochica, el dios que rondaba las montañas de agua, surcaba el río de la Magdalena y traspasaba el Opón enseñando los oficios y la moral a los hombres.
Mujer sensual, de ojos caramelos, pómulos sobresalientes, caderas precisas a su cuerpo, imponente como diosa, se alisó la cabellera negra con sus manos, mientras otras indígenas la cubrieron con mantas, y la llevaron alzada a su choza.
Allí frotaron en su piel las orquideas traídas de muchas partes del reino, especiales para la descendiente de Chía que ilumina a los hombres, y acompaña al sol en el acontecer cotidiano del firmamento. La vistieron con una manta blanca a rayas grises, la ataviaron de zarcillos, narigueras, pectorales y pulseras de oro, y en un asiento de madera sostenido por dos maderos gruesos, la llevaron en hombros de guerreros fuertes a que presenciara los festejos de la tribu que celebraba el postrero triunfo de Tisquesusa que subía por una inclinación montañosa, en tanto sus fieles subordinados en las pendientes aledañas esperaban la respuesta favorable de su dios, que poco a poco descorría el velo, e iluminaba a una laguna.
Entonces éste, rodeado de sus sacerdotes y en medio de unas rocas aparecía desnudo, cubierto de trementina y oro. Posteriormente se adentraba en la laguna en una balsa especial seguido de otras canoas salidas de las orillas con el cortejo. Ya en el centro de ésta, los sacerdotes lograban encender las ramas sagradas, y el humo de los zahumerios se elevaba en el aire frío. El gran Zipa sentía en sus entrañas el silencio de los indígenas que de rodillas y con las cabezas pegadas a sus muslos, las manos tiradas contra la vegetación, y de espaldas a él, esperaban a que se sumergiera en el agua. Después salía a presidir las fiestas.
La música de los fotutos y caracoles se dejaba escuchar a muchos soles del reino, a donde estaban recién desembarcados de las montañas de agua los mensajeros de los dioses que acababan de medir sus fuerzas contra los monstruos marinos que durante siglos azotaron las carabelas con sus alas de ventiscas, y cuerpos de remolinos. Su jefe había ofrecido sus vidas al único dios cierto, con tal que los condujera a tierra firme, sin que el vaivén de los naos en las olas le hubieran impedido divisar el nuevo mundo. Cristóbulo, que sin ser guerrero demostró en las fondas de los caminos de su tierra el talento en las lances de la espada, el manejo no sólo de los potros salvajes, sino el de las mujeres que salían enamoradas al paso del macho, pues pedían ser seducidas, amadas, raptadas por éste, que después de recorrer todas las cortes de los reyes Europeos en busca de una ayuda para su anhelada aventura, por fin parecía conseguir la gloria en el reconocimiento de sus semejantes.
No en vano venía desde muy lejos. Venía del fastuoso universo de los dioses del Olimpo, quienes defendieron a su protegido en todos los percances de la vida, mientras jugaron en las morada del cielo con las pasiones de los humanos en las guerras. Así tejieron sus túnicas con los hilos de la sangre y los odios acumulados en la historia del hombre.
Semidios condenado a ser humano e inmortal estuvo desterrado por los dueños de la vida y de la muerte a vivir en compañía de las guerras y las conquistas, debido a las cuales sus victorias nos llegaron en recuerdos lejanos, convertidas en leyendas imposibles de olvidar. Muy pronto los dioses se alejaron. El tomó la espada, la cruz y el caballo. Recorrió el mundo en pos de estas tierras indómitas, para poseerlas en nombre de su dios. Bastaba solamente hacerse querer de sus soldados, premiendo a todos los que obecieran sus órdenes, o castigando inflexiblemente(incluso con la muerte) a todos los que no las cumplieran. Sin lo anterior no podía cruzar el país de las nieves, que como puerta le cerraba el paso por medio de jardines flotantes, al Dorado.
Desde los límites de esa región encantada venía el gran río a su desembocadura formando oleajes espumosos con el agua salada. Un ruido ensordecedor producido por el movimiento del aire contra las hojas de los árboles de ceibas y arrayanes callaba el griterío de los micos, el trinar de los pájaros de vistosas plumas, y el brámido de los animales en la jungla. El mundo nunca imaginado, parecido al de una mujer sensual, lo embrujó.
Para auyentar al jaguar que de noche en noche venía por alguno de sus soldados o indómitos caballos, celebraba su muerte ficticia rodeado de los lloriqueos y compañeros de armas, mientras las luciénagas alumbraban las noche, y él ordenaba a que el fuego no se apagara en éstas.
Los nuevos días llegaban acompañados del gráznido de las aves parlanchinas, el revoloteo de las garzas, las lluvias inclementes, los calores sofocantes, y los ataques de los indios fieros que los recibieron con estacas ponzoñosas. Las flechas llovían del cielos a los cuerpos de sus fieles seguidores. Muchos de sus cuadrupedos murieron dentro del lodo, o en las fauces de los caimanes. El río se hizo interminable. Oyó en los acantilados el eco de otros dioses, e imaginó a una mujer que lo llamaba a muchas lunas de camino, con los sonidos cifrados del grito de los indígenas escondidos en la manigua. Intuyó que otro hombre la quería para sí.
Tisquesusa preparaba su matrimonio tras vencer a Hunza con la sola ostentación de su mando, y en conponenda con el brujo Sugamuxi, que conocía sobre todos los enredos del poder. La paz se selló con ofrendas. Niños traídos de los llanos del oriente fueron inmolados. Uno de ellos recibió los flechazos de toda la tribu del Zipa. A otro, le abrió el pecho con una piedra filuda, y extrajo su corazón palpitante mientras todas las rocas del reino se tiñeron de rojo. A manos de Zoratama cayó algo mágico que cortó sus dedos, se astilló en muchos pedazos, y así pudo ver su rostro reflejado en todos esos pedazos de cuarzo, como si le robaran su alma. Los misterios de los recientes mensajeros de los dioses la embrujaron. Los vió salir del corazón vegetal florecidos con nuevas especies. Los sintió galopar en su pecho ascendiendo de la cordillera a la planicie en medio del batallar de los vasallos del Zipa contra el brillo de las armaduras, el relincho de los equinos, y las armas que escupían fuego. El héroe apareció en el lomo de su caballo. Humilló al Zipa mediante el cuerpo de un indígena estrellado ha la tierra. Zoratama enomorada de Cristóbulo dió a luz un niño.Dicen los crónistas de las Indias que el vencedor viajó a las llanuras del oriente a donde todavía lo vemos deambulando enloquecido por la fiebre del amor, y engañado por el espejismo de la gloria. Zoratama ya anciana se botó a la laguna, tal vez decepcionada de ser la diosa de una nueva raza. Muchas otras historias como ésta se fueron tejiendo en el devenir cotidiano de los descendientes de los mensajeros de los dioses. Así lo confirman los historiadores.

domingo, agosto 12, 2007

EL REGRESO DE LA MUERTE

Desde el firmamento las ciudades se veían como inmensos enjambres de celdillas que resplandecían y oscurecían permanentemente. Las sombras avanzaban o retrocedían al vaivén de los vientos que parecían acomodarse a las nuevas circunstancias. La sombra de la muerte nos había abandonado. La lucha de la ciencia escarbando con sus miles de ojos en lo profundo de los seres vivos, y auscultando en las diferentes formas que se presentaba, nunca pudieron vencerla. No importaba que la arrinconaran momentáneamente. Ella se multiplicaba porque necesitaba que su sombra rondara en todos nosotros. Algunos la despreciaban y se divertían llamándola en el momento menos oportuno. Sin embargo acudía presurosa a cumplir con su deber. Organizaba rápido su morada. Venía entonces la rigidez del cuerpo, y muy pronto los gusanos se fundían con ella en un nuevo ser que se integraba a la naturaleza. Pacientemente hilaba la descomposición de una vida, transformándola en otra, hasta que hiciera parte de la materia de la cual había sido germinada. Gozaba con todo ésto. No alcanzo a recordarlo muy bien, pero sé que durante milenios huimos de su presencia, esa presencia que era una sombra que enlutaba nuestros corazones robándonos el calor de los cuerpos sin pedirnos permiso. Ahora estábamos sumidos en la tristeza. Su ausencia parecía definitiva. Todo comenzó de una manera casual. Preparábamos fogatas gigantes con el fin de celebrar las efemérides de la colonización del espacio sideral que nosotros creíamos único. Y no era así. Vivíamos en uno de los tantos espacios que existen por doquier. Descubrimos que nuestro espacio era más restringido de lo que nosotros suponíamos. Existían muchas puertas en éste por las cuales traspasaba el tiempo a velocidades casi imposibles de cuantificar. El tiempo violentaba nuestro espacio sin dejarnos hacer algo para impedirlo. Nos absorbía en infinidad de laberintos no antes habitados por materia o vida. Era la nada. En uno de aquellos espacios mientras organizábamos las conmemoraciones que les digo, la muerte nos dejó. Así de sencillo. Lo supimos porque el sistema solar parecía haber quedado anclado en el centro del universo. La luz del sol estaba estática. Su lumbre se enfrió y la noche se extendió para hacernos olvidar el calendario que pacientemente durante siglos construimos con la ayuda de las constelaciones y los Dioses. Como las arrugas de la tierra no alcanzaron para cubrir cada uno de nuestros cuerpos, tuvimos que pintarlas con las salivas, para recordar que mucho tiempo había transcurrido en nuestros corazones.Eramos antiguos que apenas empezábamos a conquistar el mundo. Nuestros conocimientos se trastocaban entre si y los podíamos ver a través de nuestras sombras que se estiraban y encogían en una sola, idéntica a la de las ciudades mientras tratábamos de recordar el mundo que vivimos. Por último decidimos olvidarnos de la muerte. Una sombra apareció en el firmamento. Las rutilantes candelitas no alcanzaron a opacarla. Habíamos encontrado otro espacio y otra muerte en otro tiempo. Las ciudades adquirieron otro tono grisáceo y las sombras de cemento desdibujaron la nueva sombra que crecía. Al amanecer un nuevo verano resplandeció a nuestras miradas. Solo así pudimos comprobar que los recuerdos afloraron y la sombra se regó por todos nuestros poros. La muerte regresó de otra manera. Teníamos que inventar un nuevo calendario.

martes, agosto 07, 2007

A LA PESCA DE PISCIS

Todos saben que las primeras formas de vida aparecieron en el fondo del océano, y después poblaron la superficie terrestre. No es casual que nuestro organismo en su mayor parte esté compuesto de agua, y que sin ella no pueda existir ningún ser vivo de los que nosotros conocemos; además quien puede afirmar en contra de que así como el hombre ha querido volar, también ha querido vivir en el fondo del mar. Por lo menos todos deseamos conocer esa mole majestuosa de líquido que se mueve como una sábana sobre la superficie de la tierra. Ahora bien, Uds. se preguntarán el porqué les cuento esta historia. Sucede que sé de muchos pescadores insaciables que vadean los ríos y los mares buscando fortunas. En el mar he visto el adelanto científico utilizado para saciar el apetito humano. Yo en cambio no me canso de observar el firmamento y contar los luceros que componen la constelación de Piscis. No necesito de atarrayas ni de señuelos apetitosos para los peces. Buceo en el océano de la noche y encuentro al pescado de las escamas hechas de los luceros que brillan en el firmamento. Siento la dicha de acariciar la lumbre de cada uno de ellos mientras los demás dejan sus redes al vaivén de las olas. Cuando logren pescar al pez de los luceros brillantes, y logren contar las arrugas de la historia de la vida y del hombre, les diré el por qué miro hacia el firmamento de seguido. Sólo así, redescubro a la imagen de Piscis.